
Hay personas que nacen dentro del poder.
Y hay otras que nacen debajo de él, aplastadas por su peso incluso antes de aprender a hablar.
Seth pertenecía a la segunda categoría.
Nació el 14 de febrero de 1997 en Inverness, dentro de las Tierras Altas de Escocia, en medio de un invierno gris donde la lluvia parecía caer eternamente sobre los ventanales de piedra de propiedades demasiado antiguas para sentirse humanas.
Su existencia nunca debió ocurrir. Fue el resultado de la traición escondida entre familias obsesionadas con la reputación y el control. Una grieta elegante dentro de un sistema construido para mantenerse intacto. Lady Catherine YeEun McLăchlan Han — Viscondessa de Edinburgh, aristócrata escocesa, heredera de antiguas tierras, títulos y un apellido imposible de ignorar. Hija de un aristócrata escocés y de la heredera mayoritaria del conglomerado Han, una poderosa familia empresarial surcoreana establecida entre Seúl y Reino Unido. Considerablemente modernos para los estándares de las grandes familias coreanas, los Han llevaban generaciones moviéndose entre diplomáticos, corporaciones internacionales y círculos financieros británicos. — Catherine heredó por completo la apariencia de su madre surcoreana. Y aunque provenía de dos familias inmensamente poderosas — aristocracia escocesa y chaebols coreanos —, jamás terminó de encajar del todo dentro de ninguno de aquellos mundos. Dentro de Edinburgh, tanto Catherine como parte de su familia eran vistos como presencias ligeramente ajenas; demasiado diferentes para integrarse completamente dentro de un entorno obsesionado con la tradición, el linaje y la imagen. Quedó embarazada apenas semanas antes de casarse con Bishop, un australiano de ascendencia surcoreana obsesionado con abrirse paso dentro de las élites europeas. El verdadero padre era Phillip Stoneleîgh; heredero de una línea familiar coreano-neozelandesa vinculada a inversiones marítimas entre Auckland y Busan. Seth heredó por completo los rasgos asiáticos de ambas líneas familiares biológicas, algo que dentro de Edinburgh jamás pasaba desapercibido. Su apariencia contrastaba demasiado con el entorno frío y aristocrático al que realmente pertenecía sin saberlo.
Nadie debía saber sobre la infidelidad porque en aquel mundo las personas no destruían escándalos, los enterraban.
Catherine conoció a Phillip en Australia, durante una conferencia relacionada con el cambio climático. Él era inteligente de una forma peligrosa; el tipo de hombre que hablaba poco, observaba demasiado y parecía entender exactamente qué decir para hacer sentir vista a una persona. Catherine cayó en él lentamente, o quizá demasiado rápido. Phillip no la trató como un apellido, él la trató como alguien real. Y para una mujer criada como objeto decorativo dentro de la aristocracia británica y del exigente entorno empresarial surcoreano, aquello fue suficiente para enamorarse.
Bishop apareció poco después: ambicioso y hambriento. Él no provenía realmente del mundo que tanto deseaba habitar. Hijo de padre australiano y madre surcoreana, nació y creció entre Corea del Sur y Australia rodeado de empresarios, poder corporativo y riqueza construida demasiado rápido como para ser considerada “elegante” por las familias europeas que tanto admiraba. Creció entendiendo que el dinero podía comprarse, pero el linaje no. Y aquella humillación silenciosa terminó convirtiéndose en obsesión. Era un hombre que construyó poder desde negocios y conexiones criminales disfrazadas de expansión corporativa. Él no pertenecía al viejo dinero europeo y eso lo consumía. Había pasado toda su vida intentando entrar a un mundo que jamás lo vería como igual. Usaba trajes Loro Piana, compraba arte y financiaba eventos de caridad únicamente para acercarse a personas que seguían viéndolo como un intruso vestido de lujo. Catherine representaba todo aquello que él nunca podría fabricar: linaje, nombre y legitimidad. Además de una poderosa presencia familiar dentro del sector financiero surcoreano, algo que en el futuro facilitaría más de uno de sus negocios. Por eso la convirtió en objetivo. El matrimonio nunca fue amor. Ella quería escapar de su familia. Él quería entrar en ella. Y durante un tiempo ambos fingieron que aquello bastaba.
Pero Seth ya existía.
Y Catherine lo supo desde el principio. Sabía que si Bishop descubría la verdad, destruiría todo. No porque estuviera enamorado, sino porque el rechazo lo volvía monstruoso. Y, cuando Seth nació, Catherine lo sostuvo en brazos apenas unos minutos antes de comenzar a llorar. No de felicidad. De miedo. Años después Seth apenas recordaría fragmentos absurdos de aquellos primeros años. Lluvia entre cristales, olor a madera húmeda y aquél piano sonando a lo lejos mezclado con la voz de una fémina cantando en gaélico escocés. Nunca supo cuáles recuerdos eran reales, a veces pensaba que simplemente había inventado una infancia menos horrible para poder sobrevivir. Porque Catherine terminó abandonándolo. No por falta de amor, precisamente por amor. Catherine entendió que Seth jamás estaría seguro cerca de ellos.
Lo dejó en un hogar infantil de Edinburgh sin apellido y desapareció. Seth pasó sus primeros años creciendo dentro de instituciones estatales donde el infante aprendió rápido que llorar no solucionaba nada y que el hambre podía durar días, que los adultos levantaban la voz antes de golpear, los niños más pequeños desaparecían primero, ser callado ayudaba, la vulnerabilidad nunca despertaba compasión solo abandono. Por eso él comenzó a observar. Tonos de voz, expresiones, la manera en que una habitación cambiaba segundos antes de que alguien explotara. Mientras otros aprendían a confiar, él aprendía a sobrevivir. Y eso significaba adaptarse. A los seis años ya sabía mentir y entendía cómo manipular a otros niños para evitar conflictos. Nunca destacó por ser problemático. Al contrario, era demasiado tranquilo, correcto para su edad. Aquello inquietaba incluso a quienes trabajaban allí, porque él jamás actuaba como un niño.
La primera vez que Bishop apareció frente a él, creyó que venía a llevarse a otro niño.
El hombre observó la habitación completa antes de detener la mirada sobre él. No hubo cariño ni emoción, solo evaluación. Como si evaluara mercancía. Seth nunca olvidaría aquella sensación. Bishop no lo adoptó, lo reclamó. Y desde ese instante, su vida dejó de pertenecerle. La mansión Bishop en Seúl parecía un museo. Brillante, silenciosa y perfectamente acomodada. Pero debajo de aquella opulencia existía algo enfermo. Y él lo entendió rápido. Bishop jamás levantaba la voz inmediatamente, observaba, luego preguntaba y por último destruía. La violencia dentro de aquella casa jamás fue impulsiva pero sí calculada y cada castigo tenía propósito. Si él olvidaba, respondía mal, mostraba miedo, lloraba, era castigado. Bishop estaba obsesionado con convertirlo en alguien útil. Y estaba más que claro que no quería un hijo. Quería un arma. Comenzó a educarlo como si preparara un sucesor político: profesores privados, idiomas, economía, etiqueta, historia, negociación. Y por qué no, manipulación. Seth aprendió inglés británico impecable y coreano antes de llegar a la adolescencia. Aprendió cómo comportarse frente a empresarios, diplomáticos y políticos mucho antes de entender qué era una infancia normal.
Pero también aprendió algo peor.
Aprendió que el amor siempre tendría condiciones. Bishop podía felicitarlo una noche y golpearlo brutalmente al día siguiente. Todo dependía de rendimiento y utilidad. Cuando Seth aún era muy joven, Bishop arrancó varias uñas de sus pies con pinzas, después de encontrar al menor hablando con una amiga. Seth se desmayó. Y cuando despertó, Bishop simplemente le dijo que el dolor existe para enseñar disciplina. Después de aquello, él dejó de reaccionar físicamente al sufrimiento. Se volvió impecable. Jamás se le veía desarreglado. Nunca levantaba la voz en público. Y mucho menos mostraba emociones reales frente a desconocidos. Aprendió a convertirse en lo que otros necesitaban ver. Y aquello terminó destruyéndolo. Durante la adolescencia comenzó a desarrollar una obsesión extraña con la infraestructura y sistemas globales. Mientras otros jóvenes salían de fiesta, él pasaba horas leyendo sobre redes eléctricas, guerras energéticas, puertos comerciales y colapso climático. Veía el mundo como una estructura a punto de romperse y quería formar parte de quienes decidirían qué ocurriría después. Bishop alimentó aquella obsesión no por orgullo, si no por un potencial inminente. Seth comprendía demasiado rápido. Entendía mercados, comportamiento humano y poder. Pero sobre todo entendía miedo. Y nadie manipula mejor que alguien criado dentro del terror.
Fue durante aquellos años cuando conoció a los Stoneleîgh. Nyree apareció en su vida como un incendio. Demasiado viva y emocional. Al inicio la encontraba insoportable. Porque ella todavía tenía algo que él ya había perdido hacía mucho tiempo: Libertad. Ella hablaba demasiado, se reía fuerte y hacía preguntas que nadie debía hacer. Y aun así él terminaba buscándola constantemente, discutían, se provocaban y destruían mutuamente. Pero debajo de todo eso existía reconocimiento. Nyree veía cosas en él que nadie más parecía notar, y él comenzó a notar grietas en ella mucho antes que el resto. Y aunque jamás supo cómo ayudarla, tampoco pudo ignorarlo.
Bishop odiaba aquello. Porque Nyree era la única persona capaz de alterar emocionalmente a Seth. Cada vez que él bajaba la guardia por ella, era castigado. Y lentamente, dentro de su cabeza, el afecto comenzó a mezclarse con violencia. El deseo empezó a sentirse peligroso. La cercanía se volvió sinónimo de dolor. Cuando Catherine murió, Seth tenía diecisiete años. Oficialmente fue suicidio: La encontraron dentro de la bañera con muñecas abiertas. Pero él jamás creyó aquella historia. Catherine era muchas cosas, inestable y volátil, pero también era elegante hasta para sufrir. Por lo que aquella muerte se sintió torpe. Bishop ni siquiera fingió tristeza, simplemente continuó trabajando. Aquello terminó de romper algo dentro de Seth. Porque comprendió que nadie salía vivo de aquella familia. Ni siquiera quienes intentaban escapar.
Durante los años universitarios perfeccionó su capacidad para actuar. Estudió PPE en Oxford. Luego realizó un máster enfocado en energías renovables. No era un niño rico jugando a ser visionario. Seth realmente entendía infraestructura energética, tecnología y geopolítica. Podía discutir sobre sostenibilidad en paneles internacionales mientras negociaba contratos moralmente cuestionables horas después. Y aquello lo volvía peligrosísimo. Porque Seth comenzó a comprender que el verdadero poder moderno no estaba en armas, estaba en energía, datos y narrativa.
LU-LIGHTT nació años después como una obsesión personal. Públicamente una empresa elegante enfocada en cleantech, infraestructura inteligente y energía renovable. En privado otra cosa: Puertos, lavado de dinero, contratos ilegales, tráfico, transporte de sustancias sintéticas dentro de rutas comerciales entre Corea y Australia. Seth había modernizado el imperio de Bishop y lo volvió sofisticado e invisible siendo más aterrador. Ya no existía sangre visible, todo ocurría detrás de discursos sobre futuro energético. Y lo peor era que parte de Seth realmente sí quería cambiar el mundo. Ese era el problema, nada dentro de él era completamente mentira. De verdad le importaba y quería construir algo propio. Pero todo terminaba contaminado por trauma, ego y necesidad desesperada de permanencia. Porque él vivía aterrorizado ante una idea específica: volver a ser desechable. Por eso trabaja hasta destruirse, duerme poco, necesita controlarlo todo. Por eso cambia constantemente dependiendo de quién tenga enfrente. Ni siquiera recuerda cuando era real.
Su presencia dentro de Seúl deja una huella de un empresario brillante y aristócrata moderno.Pero detrás de aquella imagen existe alguien profundamente agotado.
La tensión se convirtió en estado natural. El conflicto se convirtió en hogar. Seth puede negociar millones sin alterar la respiración, ordenar destrucción con la misma tranquilidad con la que toca piano durante la madrugada, leer una habitación completa en segundos. Pero no sabe cómo existir sin sentirse en peligro. Nyree continúa siendo el punto más débil dentro de todo aquello. Porque ella sigue viendo partes de él que nadie más alcanza. Y Seth la odia por eso y porque cuando Nyree lo mira demasiado tiempo, todas sus máscaras comienzan a sentirse frágiles, porque lo conoce incluso cuando realmente no lo conoce, porque entiende exactamente qué significa sobrevivir dentro de familias que utilizan a sus propios hijos como armas. Y sobre todo, la odia porque nunca logró dejar de volver hacia ella. A veces Seth piensa que toda su vida se resume en eso, un niño abandonado que pasó tantos años convirtiéndose en algo imposible de destruir… que terminó olvidando cómo sentirse humano. Y aun así, dentro de toda aquella violencia elegante, todavía existe una parte pequeña y agotada de él que sigue preguntándose quién habría sido si alguien alguna vez lo hubiese amado sin querer algo a cambio.
